Entre el duende y el ESMAD: Lectura de “Elástico de sombra”, de Juan Cárdenas.
Por: Carlos Luis Torres
Gutiérrez, escritor.
Es una novela ágil y curiosa. Relata
la historia de los macheteros del norte del Cauca, un puñado de hombres
educados en la "esgrima del machete" o mejor en el arte de la
"grima" como se llama a esta curiosa habilidad, que practican con pulcritud
los marginales de Puerto Tejada, fundamentalmente, negros e indios, que no
solamente se divierten y toman viche, sino que recuerdan a sus maestros
antepasados quienes participaron en las guerras de los mil días y en la guerra
contra el Perú (1932-1933), en el batallón de primera línea. Allí la grima con
machete no era diversión, sino la tarea de dejar enemigos tirados sobre el
campo de batalla.
La novela comienza: “Los dos
maestros sudaban aguapanela hirviendo, apenas protegidos por las latas agujereadas
del paradero de buses….”, los dos eran Sando y Miguel el maestro machetero y su
discípulo, quienes esperaban la llegada de una camioneta que no fuera de color
amarillo, ojalá negra y conducida por su amigo Cero, pues se iban a internar
por trochas y caminos de cruces y de “Ys”, entre pedregales, abismos, praderas,
ranchos, cañadas, caseríos y el río Patía en busca de un secreto que era
guardado tal vez por los macheteros más viejos, esa maniobra que se realiza en
la oscuridad, ese movimiento que se llama: “elástico de sombra”. Esta novela
continúa con ese ritmo realista-rural-periférico-popular-costumbrista-indígena-
Afrocolombiano-poético (1) que
el autor desborda con esa prosa de color y de olor que avanza sin saberse su
rumbo, pues todo va al azar y al encuentro de algo que no se sabe exactamente
que es.
Sí, se deambula por una prosa
realista indígena con un tono de afrocolombianidad y por eso el lector no se
asombra de las historias contadas sobre “El-Que-Ya-Sabemos” (el demonio), sobre
las mujeres que rezan a los hombres y los someten a sus designios, pero la
aparición y conversación de Sando con un duende verde del tamaño casi de un
metro, hace que el lector reconozca una intromisión de la construcción imaginaria
de ese mundo de hombres periféricos, no incluidos en el espacio oficial del
país, pues esta mixtura: realidad y eso otro que denominamos fantástico, aquí se
presenta como un nudo sólido que delimita, pone linderos a la cultura negra e
indígena del norte del Cauca Colombiano. Un elemento de construcción literaria
muy particular posee la novela de Juan Cárdenas, que también se ve en sus
textos anteriores (2): una
juntura de realidad y lo fantástico que solidifica ese entorno social, sin
banalizarlo, quitándole ese tono bobalicón con el que se relataba en Colombia frecuentemente
la novela rural, acentuando su marginalidad y desatino, pero no aquí en
Cárdenas, quien, nacido en esa región, conoce y sabe el valor de aquella
diversidad. No es simple su mirada, no es irónica, menos despreciativa, es por
el contrario una descripción respetuosa de un mundo que se sostiene y se nutre con
y desde su entorno cultural.
Los dos macheteros y su conductor
se tropiezan con una minga indígena que organiza la toma de la carretera para
reclamar sus derechos de territorio, en defensa de sus leyes y costumbres, y
Sando y Miguel se encuentran con Francia Márquez (la misma que fue la
vicepresidente en el gobierno de Petro) pero aquí años atrás, en medio de sus
lides y batallas y otras lideresas (Clemencia Carabalí, Feliciano Valencia,
luego la “Machetera Mayor de La Toma, Fidelia Mina) que le dan a la novela un
corte muy actual, realista, en medio de celulares y mensajes de WhatsApp surge el
ESMAD, los gases entre los cañones y las quebradas. En este lugar la novela
adquiere un tono testimonial que me disgusta porque rompe la magia, el otro
tiempo, ese espacio que se abre entre machetas que se diferencian a la esgrima
culta y burguesa, rígida y clásica a este otro de machetas, de guerras y
protestas por la justicia y la equidad, entre hombres y colores, entre olores y
animales, entre brujas, duendes, encantamientos y el sonido de un río que corre
apresurado.
Por un instante recordé esa gran
novela de Bulgákov, “el maestro y margarita” cuando se burla de la cultura
rígida de la revolución socialista y pone a volar las brujas encima de las
cabezas de los ciudadanos de Moscú. En la novela del ruso la ironía nos hace
vibrar al darnos cuenta que la revolución había caído en la trampa y que el
arte verdadero iba más allá (3). En un instante imaginé esa ficción nativa-Afrocolombiana-indígena
haciendo huir al ESMAD por el vuelo demoniaco de “El-Que-Ya-Sabemos” o de la
bruja que convirtió en un cucarrón gordo al amigo Cero (conductor y escribidor)
y lo encerró en una cajetilla de cigarros y ahí me di cuenta que Cero era el
alter ego: un “escribidor blanquito, así medio cafeconleche, que vivía con el
hocico metido entre los negros” como el autor de esta novela que escribe las
historias que recoge durante su trabajo de investigador y que la cierra con un vuelo del insecto al que
fue convertido por la bruja (Nubia) para dar la dimensión adecuada a una
leyenda que no puede explicarse y por eso pone fin al texto no si antes
escribir un epílogo que no cierra.
Dije que la lectura tiene hoy
otra mirada adicional, ahora que el actual gobierno en Colombia, como lo vemos
a diario, desplaza y abandona las minorías, al ponerlas más allá del lugar
periférico donde habían nacido y las deja sueltas-perseguidas; esta novela
llama la atención y valora el papel de nuestra sociedad plural, o mejor diversa
ante las políticas restrictivas e intentos de borrar nuestra condición cultural
de mixtura, …leer esta novela es un acto reivindicativo de gran importancia y
es ahí donde hay que apreciar el valor testimonial que reconoce el autor en su
“Liminar” al señalar que son fruto de sus trabajos de investigación con el Instituto
Caro y Cuervo. Esta consideración no deja a un lado mi deseo de la presencia de
elementos de ficción que describan los cuerpos del orden policial huyendo ante
el vuelo combativo del demonio y/o la bruja, por ejemplo, como ya lo señalé.
No puedo omitir decir algo sobre
la portada que me impactó, pues es un óleo sobre cartón de un artista uruguayo Pedro
Figari (1861-1938) y que tituló “Candombe de carnaval” como dice en la página
de créditos, lo cual le da indiscutiblemente una cobertura latinoamericana pues
el “candombe” es una tradición afrouruguaya (y rioplatense) que combina música
de tambores con danza ritual. Y la “esgrima del machete” es una danza, es un
arte, un divertimento, una defensa con estilo, un acto de guerra, facetas que
se presentan muy bien en la novela.
(1)
Dice
Don Sando, sobre el viche: “oiga señor, dijo, levantándose de su silla, esto
sabe a sombra platanera de patio trasero, tiene un puntico a fruto de naidí y
un fondo oscuro y dulce como tierra de azotea, con un fantasmita de yerbas
fragantosas donde predomina el pipilongo.” Pág. 25
(2)
“El diablo de las
provincias” (2017), por ejemplo.
(3)
La estrategia es
parecida: lo fantástico se cuenta con aplomo, dentro de lo real. Pero en Moscú
el prodigio cae sobre un poder que no tiene categorías para lo fantástico, y
ahí nace la sátira; en el Cauca, el prodigio ya vive en el imaginario de
quienes cuentan, y no hay en la novela un personaje que se asombre, tampoco el
lector.



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