Entre el duende y el ESMAD: Lectura de “Elástico de sombra”, de Juan Cárdenas.

 




Por: Carlos Luis Torres Gutiérrez, escritor.

 Acabo de terminar la lectura de una breve novela de Juan Cárdenas titulada "Elástico de sombra", publicada por "Sexto Piso Editores” en el año 2019. La había tenido en mi biblioteca, durante estos años; me atrajo desde el principio su título y su portada, pero por esas cosas de la literatura, de la vida y de este país que cambia de rumbo tan rápido, hoy su lectura cobra otro y mayor sentido.

Es una novela ágil y curiosa. Relata la historia de los macheteros del norte del Cauca, un puñado de hombres educados en la "esgrima del machete" o mejor en el arte de la "grima" como se llama a esta curiosa habilidad, que practican con pulcritud los marginales de Puerto Tejada, fundamentalmente, negros e indios, que no solamente se divierten y toman viche, sino que recuerdan a sus maestros antepasados quienes participaron en las guerras de los mil días y en la guerra contra el Perú (1932-1933), en el batallón de primera línea. Allí la grima con machete no era diversión, sino la tarea de dejar enemigos tirados sobre el campo de batalla.

La novela comienza: “Los dos maestros sudaban aguapanela hirviendo, apenas protegidos por las latas agujereadas del paradero de buses….”, los dos eran Sando y Miguel el maestro machetero y su discípulo, quienes esperaban la llegada de una camioneta que no fuera de color amarillo, ojalá negra y conducida por su amigo Cero, pues se iban a internar por trochas y caminos de cruces y de “Ys”, entre pedregales, abismos, praderas, ranchos, cañadas, caseríos y el río Patía en busca de un secreto que era guardado tal vez por los macheteros más viejos, esa maniobra que se realiza en la oscuridad, ese movimiento que se llama: “elástico de sombra”. Esta novela continúa con ese ritmo realista-rural-periférico-popular-costumbrista-indígena- Afrocolombiano-poético (1) que el autor desborda con esa prosa de color y de olor que avanza sin saberse su rumbo, pues todo va al azar y al encuentro de algo que no se sabe exactamente que es.

Sí, se deambula por una prosa realista indígena con un tono de afrocolombianidad y por eso el lector no se asombra de las historias contadas sobre “El-Que-Ya-Sabemos” (el demonio), sobre las mujeres que rezan a los hombres y los someten a sus designios, pero la aparición y conversación de Sando con un duende verde del tamaño casi de un metro, hace que el lector reconozca una intromisión de la construcción imaginaria de ese mundo de hombres periféricos, no incluidos en el espacio oficial del país, pues esta mixtura: realidad y eso otro que denominamos fantástico, aquí se presenta como un nudo sólido que delimita, pone linderos a la cultura negra e indígena del norte del Cauca Colombiano. Un elemento de construcción literaria muy particular posee la novela de Juan Cárdenas, que también se ve en sus textos anteriores (2): una juntura de realidad y lo fantástico que solidifica ese entorno social, sin banalizarlo, quitándole ese tono bobalicón con el que se relataba en Colombia frecuentemente la novela rural, acentuando su marginalidad y desatino, pero no aquí en Cárdenas, quien, nacido en esa región, conoce y sabe el valor de aquella diversidad. No es simple su mirada, no es irónica, menos despreciativa, es por el contrario una descripción respetuosa de un mundo que se sostiene y se nutre con y desde su entorno cultural.

Los dos macheteros y su conductor se tropiezan con una minga indígena que organiza la toma de la carretera para reclamar sus derechos de territorio, en defensa de sus leyes y costumbres, y Sando y Miguel se encuentran con Francia Márquez (la misma que fue la vicepresidente en el gobierno de Petro) pero aquí años atrás, en medio de sus lides y batallas y otras lideresas (Clemencia Carabalí, Feliciano Valencia, luego la “Machetera Mayor de La Toma, Fidelia Mina) que le dan a la novela un corte muy actual, realista, en medio de celulares y mensajes de WhatsApp surge el ESMAD, los gases entre los cañones y las quebradas. En este lugar la novela adquiere un tono testimonial que me disgusta porque rompe la magia, el otro tiempo, ese espacio que se abre entre machetas que se diferencian a la esgrima culta y burguesa, rígida y clásica a este otro de machetas, de guerras y protestas por la justicia y la equidad, entre hombres y colores, entre olores y animales, entre brujas, duendes, encantamientos y el sonido de un río que corre apresurado.

Por un instante recordé esa gran novela de Bulgákov, “el maestro y margarita” cuando se burla de la cultura rígida de la revolución socialista y pone a volar las brujas encima de las cabezas de los ciudadanos de Moscú. En la novela del ruso la ironía nos hace vibrar al darnos cuenta que la revolución había caído en la trampa y que el arte verdadero iba más allá (3). En un instante imaginé esa ficción nativa-Afrocolombiana-indígena haciendo huir al ESMAD por el vuelo demoniaco de “El-Que-Ya-Sabemos” o de la bruja que convirtió en un cucarrón gordo al amigo Cero (conductor y escribidor) y lo encerró en una cajetilla de cigarros y ahí me di cuenta que Cero era el alter ego: un “escribidor blanquito, así medio cafeconleche, que vivía con el hocico metido entre los negros” como el autor de esta novela que escribe las historias que recoge durante su trabajo de investigador y  que la cierra con un vuelo del insecto al que fue convertido por la bruja (Nubia) para dar la dimensión adecuada a una leyenda que no puede explicarse y por eso pone fin al texto no si antes escribir un epílogo que no cierra.

Dije que la lectura tiene hoy otra mirada adicional, ahora que el actual gobierno en Colombia, como lo vemos a diario, desplaza y abandona las minorías, al ponerlas más allá del lugar periférico donde habían nacido y las deja sueltas-perseguidas; esta novela llama la atención y valora el papel de nuestra sociedad plural, o mejor diversa ante las políticas restrictivas e intentos de borrar nuestra condición cultural de mixtura, …leer esta novela es un acto reivindicativo de gran importancia y es ahí donde hay que apreciar el valor testimonial que reconoce el autor en su “Liminar” al señalar que son fruto de sus trabajos de investigación con el Instituto Caro y Cuervo. Esta consideración no deja a un lado mi deseo de la presencia de elementos de ficción que describan los cuerpos del orden policial huyendo ante el vuelo combativo del demonio y/o la bruja, por ejemplo, como ya lo señalé.

No puedo omitir decir algo sobre la portada que me impactó, pues es un óleo sobre cartón de un artista uruguayo Pedro Figari (1861-1938) y que tituló “Candombe de carnaval” como dice en la página de créditos, lo cual le da indiscutiblemente una cobertura latinoamericana pues el “candombe” es una tradición afrouruguaya (y rioplatense) que combina música de tambores con danza ritual. Y la “esgrima del machete” es una danza, es un arte, un divertimento, una defensa con estilo, un acto de guerra, facetas que se presentan muy bien en la novela.

 

(1)      Dice Don Sando, sobre el viche: “oiga señor, dijo, levantándose de su silla, esto sabe a sombra platanera de patio trasero, tiene un puntico a fruto de naidí y un fondo oscuro y dulce como tierra de azotea, con un fantasmita de yerbas fragantosas donde predomina el pipilongo.” Pág. 25

(2)      “El diablo de las provincias” (2017), por ejemplo.

(3)      La estrategia es parecida: lo fantástico se cuenta con aplomo, dentro de lo real. Pero en Moscú el prodigio cae sobre un poder que no tiene categorías para lo fantástico, y ahí nace la sátira; en el Cauca, el prodigio ya vive en el imaginario de quienes cuentan, y no hay en la novela un personaje que se asombre, tampoco el lector.


 



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