La obra de Umberto Giangrandi, testigo del tiempo que le toca vivir.

 



 

El pasado 25 de marzo se realizó la inauguración de una exposición del maestro Umberto Giangrandi en el Museo de Artes Visuales de UTadeo en Bogotá. Tiene esta el objeto de rendir un homenaje a su tarea docente, ética y de compromiso con el país. Umberto es un italiano que llegó a Colombia en 1966, huyendo un poco, y desde ese momento se dedicó a la labor artística y docente en la Universidad Nacional.

Su obra comprometida con los diferentes momentos sociales, políticos y culturales de nuestro país, realizada en medio del conflicto que nos ha acompañado, se configura en el taller “Cuatro Rojo”, con Giangrandi como Cofundador en 1972 junto a Nirma Zárate, Diego Arango, Carlos Granada y Jorge Mora, un colectivo clave en el arte político y gráfico colombiano; en el trabajo en su propio Taller de grabado en metal, fotograbado, pintura y mezcla de técnicas que se ponían al servicio de su inspiración y necesidad artística.

Por ello la exposición que se presenta en la UTadeo no es exactamente una retrospectiva, es más una selección cuidadosa de las épocas más importantes del maestro, que se organizan para dar cuenta de su vida, de esa observación personal a los hombres y mujeres nocturnas, deambulantes del centro de la ciudad que se desgaja en gritos y colores; de una época de cuartos y lámparas que iluminan cenitalmente unos seres cansados, unos objetos que transcienden el bodegón; un arte comprometido, panfletario que se expresa en afiches, anuncios, consignas. El manejo de la técnica se combina con el color, la línea gruesa deletreando un mundo burdo que se entromete para que se represente una y otra vez.

La exposición está colgada en un gran salón al cual se accede por unas escaleras precedidas por dos grandes obras conmovedoras (2026) que sirven de antesala a las otras, ubicadas por épocas en las diferentes posibilidades del espacio, para dar preferencia a lo contemporáneo. Maravilloso, …el maestro trabaja siempre, se mete con la luz, con la inteligencia artificial, con la fotografía, con todo lo que le toca hoy y esto es lo que lo hace un docente, un verdadero artista, y como se lo he repetido varias veces un verdadero colombiano.

Nos encontramos esta vez los dos, viejos amigos, entre una gran cantidad de rostros conocidos. Muchos pasados por el tamiz de Luvina, conocidos de siempre y sobre todo viejos trillados en la obra del maestro Giangrandi, entre las revistas publicadas con su trabajo, entre libros dedicados al taller Cuatro Rojo, entre sus hijos y académicos, estábamos revisando cosas que no habíamos visto cuando recordé que este viejo grabador fue protagonista de muchos sucesos en Luvina: varias exposiciones suyas, multitud de tardes viendo pasar las horas en medio de su jerga característica de mezcla italiana y del barrio la Macarena donde vive hace décadas, en las peñas culturales que se prolongaban hasta la media noche, recordé, que es el personaje de uno de los capítulos de mi novela “Verano de dos días”  donde uno de los segmentos habla de su vida de joven en Italia y de la noche en la que decidió huir, de la llegada a esta país, de sus amores, pero sobre todo, de lo que no he dicho aquí: él, ¡Umberto es un maestro de la amistad.!

Invito a mis amigos para que le dediquen una hora a mirar la obra de Umberto, todos sabemos que vale la pena, pero también sabemos que recorrerla trae sorpresas en ella misma, e implícitas, como esta que me encontré al día siguiente cuando me acerqué a tomar unas fotografías: un profesor estaba con sus estudiantes sentados todos en el suelo, dando una clase de arte, basados en la obra de Giangrandi. Una jovencita de pelo verde hablaba del color, un chico flaco y desteñido decía algo del amor.

(C. Torres, Bogotá marzo 31 de 2026)




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