Pintar contra la hoguera: sobre “El jardín del mundo” la última novela de Pablo Montoya.

 



Por: Carlos Luis Torres G., escritor.


Estaba a punto de terminar la lectura de “El jardín del mundo” del escritor colombiano Pablo Montoya, la cual finaliza con la Revolución de los Comuneros, con José Antonio Galán a la cabeza de esa histórica rebelión de 1781 que camino a Bogotá pasa por la ciudad de Tunja cuando, en ese instante, entra la noticia a mi celular de las manifestaciones estudiantiles en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC) en contra de las medidas del actual gobierno de Abelardo de La Espriella que anuncian dar al trasto con la Autonomía Universitaria… ¡qué actual esta novela me digo!, que más enganche con el presente le puedo pedir a una novela que narra un acontecimiento importante en la historia de la pintura de mundo: la realización de la obra “El jardín de las delicias” por el “El Bosco”.

Publicada por Penguin Random House, cuenta la historia de Jeroen Van Ake, El Bosco, el pintor flamenco nacido en 's-Hertogenbosch (países bajos Borgoñones) (1450-1516) e inicia haciendo referencia al encargo de Felipe “El Hermoso”, para pintar una obra que reflejara la condición del hombre frente al creador. La novela es la historia de este maravilloso cuadro, hoy conservado en el Museo de “El Prado” y para ello Montoya realiza en la novela, una detallada descripción del entorno social, cultural, religioso, de pensamiento, artístico, y de opresión en aquella monarquía autoritaria de Flandes. La niñez del pintor, su aprendizaje, el taller, sus pesadillas traídas por el desastroso incendio de la ciudad, su vida de adulto, pero sobre todo la experiencia personal amorosa con Aleid (su esposa, esa sutil mujer nieta de un notario) y el surgimiento en la clandestinidad de un grupo de amantes del adamismo, (el amor y la libertad física) y del pensamiento de Erasmo de Rotterdam,  que se desarrollaban en medio de la férrea institucionalidad de la iglesia que perseguía, torturaba a todos los que consideraba enemigos de la fe.

Pablo Montoya ambienta de manera ejemplar ese clima de persecución, de cruel oscurantismo de esa monarquía autoritaria y en decadencia que transcurre entre guerra y vasallaje, que se sostiene en el dogma impuesto, y apoya la creación de un arte religioso en los talleres de artistas que funcionan en las casas de estos entre sonidos de campanas, el viento frío, la esclavitud y los mercados. Para el caso de “El Bosco”, se mezcla todo este ambiente con el pensamiento de Rotterdam y la conversación cotidiana para la elaboración de su portentosa obra: esa nueva forma de ver y concebir el mundo, el amor, la desnudez y la libertad. La novela está fraguada en la madurez de un pintor que aborda una forma de pensamiento, una estética espacial, un lenguaje pictórico distintos y para ello, conversa con Erasmo de Rotterdam, mientras mezcla aceites, prepara pinceles, se ayuda de jóvenes aprendices y obvio, entra por sus ventanas el hecho más importante de la época: La existencia de América y la visión que Europa tenía de este continente: el paraíso.

En tiempos de dificultad lo único que debemos hacer es pintar, se dijo, y abordó ese gigantesco tríptico, una caja de madera que cierra sobre sí misma sus dos batientes, el Edén a la izquierda, el infierno al otro extremo y en el centro, el jardín propiamente dicho: utopía, una visión de sexualidad inocente, pintada imaginando ese grupo hipotético de Adamitas. Decenas de desnudos juegan a ser felices con su propio cuerpo, similar al de Aleid su mujer y al suyo propio, que se transforman en vegetales, animales y toda clase de seres y posibilidades de relacionarse con el creador: parejas desnudas encerradas en burbujas de cristal o dentro de vainas de fruto, un cortejo circular de jinetes dan vueltas alrededor de un estanque donde se bañan mujeres (una rueda erótica sin fin), pájaros gigantes, y en el centro una arquitectura surrealista (1) de torres orgánicas que acentúa la polifonía de razas, ríos, conchas, gusanos y seres imposibles.

El infierno, su mayor invento por su crueldad irónica: los instrumentos musicales se vuelven aparejos de tortura (un laúd y un arpa crucifican cuerpos, hay un "infierno de la música"(2) completo, con partitura tatuada en el trasero de un hombre desnudo), una mesa de juego volcada a modo de castigo a los tahúres, un pájaro con cabeza de ave de rapiña que devora condenados sentado en un orinal y los expulsa de vuelta en un pozo. Y la figura más enigmática de toda la pintura: el Hombre-Árbol, con el torso hueco como cáscara de huevo, su cabeza volteada hacía el espectador mirando con desencanto, sus piernas delanteras son troncos de árboles viejos apoyados en navíos sobre un mar helado, su vientre una taberna, sobre su cabeza un plato con seres fantasmales que parecen danzar o moverse sin fin, locura, pensamiento, giro de ideas.

Aspectos del cuadro se describen en diferentes a partes de la novela: el momento más ambicioso y representativo son los dibujos clandestinos que realiza Bosch (“El Bosco”) cuando escapa a esa reunión-rito-danza-orgía ingenua, donde se reúnen a campo abierto y a la sombra de una torre esa veintena de hombres y mujeres, que aquí es realidad, rito, hecho símbolo, transformado luego en pintura y en esa discusión en contra de la religión y el amor como la imagen de la libertad. El infierno, ese ya mencionado, es producto de una pesadilla terrible de Bosch. Se siente húmedo, mal oliente, se revuelve, está cubierto de una mierda fétida y lo relata.

Montoya juega… esta extensa novela cruza tiempos y espacios: Relata en la primera página la solicitud de Felipe “El Hermoso” al contratar el cuadro “El jardín del mundo”, para luego desarrollarlo al detalle y con la pericia del conocedor del lugar, del olor del taller y de la belleza del Emperador (hace esto una y otra vez, nombra un acontecimiento que abordará más tarde y desde el otro lado del mar, como un recuerdo nostálgico, lo detalla, lo toma con los dedos untados de colores y lo huele); divide la novela en dos y entrecruza al “El Bosco” con un homólogo, un joven Granadino que viaja a Europa a aprender a pintar retablos religiosos y se enamora de una europea, mantiene un idilio que insinúa una escena del cuadro y en parangón con el pintor. Un tiempo que engancha una y otra vez escenas a lado y lado del mar, saltándolo.

Esta otra gran historia: José Diego Vargas, el pintor Granadino, regresa de Europa después de conocer emocionado y enamorado la obra de “El Bosco” y trepa el río magdalena y las montañas para atravesar la cordillera hasta la ciudad de Tunja, metida entre nubes, heladas colinas, y entre ellas, divisa los campanarios y se adentra en la población, que sirve de excusa para el homenaje que Montoya le hace a esa ciudad donde el autor vivió varios años siendo estudiante de música. José Diego, se establece, retoca, pinta, lo contratan para diversos y grandes retablos que le permiten traer lo aprendido, perseguir la obra de “El Bosco”, releer los textos de Erasmo de Rotterdam, recuperar las razones del Adamismo y describir con detalle la vida cotidiana en la Nueva Granada, tan disímil a la de Europa, tan singular, tan paraíso, tan brutal, pero tan llena de color, que la novela trascurre entre escenas familiares, los trabajos del taller, los aprendices, sus nostalgias, otro regreso a Europa, su sobrino que crece bajo su tutela y cada vez se asemeja a José Diego, las cabalgaduras, la vejez, el paisaje, la distancia, el cansancio…

La búsqueda de la libertad a través de lo estético. La búsqueda del amor y la libertad del amor. La novela es una lucha por ello, en tiempos donde eso, que es vital, se restringe, lo confina la religión y esto se percibe en la textura de la novela, como también la lucha del pensamiento, plasmado en los libros de Rotterdam, en los cuadros de “EL Bosco”, en los trabajos de José Diego Vargas, en las manos de Aleid y Ana Micaela, su amor e inspiración. El mismo Montoya lo dice: “Mi novela es más o menos una especie de canto al amor libertario en tiempos de gran represión religiosa”.

Montoya escribe una novela distinta a sus anteriores. Aunque estructuras similares se encuentran en “Los desterrados”, saltos de tiempos y enganches lustrosos en la acción o en el pensamiento, abordamiento del arte en el comienzo del renacimiento en “Tríptico de la infamia” pero aquí tenemos en las manos una novela donde no es la peripecia lo que prevalece, es la construcción de un universo de época donde se explica la estética de la libertad, el amor libre, la forma como el arte lucha contra la opresión, la tiranía de la religión y del gobernante.

Cargada la prosa de esta novela de palabras utilizadas en la época, descripción del vestir de ese momento, deambular entre calles empedradas e iglesias cada pocos pasos, la luz tenue, la lluvia, el frío, el paisaje desbordante de la naturaleza. Montoya cuida todo aquí, los escalones de las capillas, las obras de arte de varios pintores que nombra, detalla las restauraciones, la fabricación de las pinturas y los aceites (3), la madera de los retablos, la descripción de las casas y los talleres… (con dedicación, los tres años que demandó su escritura, aquí y en Europa.)

Al final la ciudad de Tunja se sorprende con la marcha de los comuneros del Socorro quienes vienen cruzando los campos, en tres escuadrones plenamente diferenciados y atraviesan la ciudad. Muchos se aprestan a seguirlos y él (su sobrino, ya un hombre) a la cabeza en su caballo. Novela abierta, la lucha por la libertad en dos continentes…

La novela remata con un epílogo: un cuaderno que Ana Micaela, el gran amor de José Diego, escribe y queda protegido en su casa materna en España, permanece allí muchos años después de su muerte. Una caja de nogal guarda el escrito realizado con letra clara sobre un papel ya muy amarillo, surge ahora, aquí en América, un largo y delicado poema inspirado en muchas de las escenas del cuadro “El jardín de las delicias”, el cual con la firma de Ana Micaela respalda y concentra todo el sentido de la novela…  sobre el amor y la libertad.

 

 

(1)      Los surrealistas lo admiraban y los consideraban “un surrealista antes de su existencia” por su capacidad para liberar la imaginación, desafiar la lógica visual y yuxtaponer elementos dispares de forma onírica. A pesar de las similitudes visuales, el motor intelectual de “El Bosco” era muy distinto al de los surrealistas. La intención moral y religiosa para uno y para los otros, el psicoanálisis.

(2)      En 1968-1971 la poeta argentina Alejandra Pizarnik tituló dos libros suyos, pareciera un tanto inspirada en las obras de “El Bosco”: “Extracción de la piedra de la locura” e “Infierno musical”. Ambos poemarios escritos y publicados a su regreso a Buenos Aires, lugar que ella sabía como el infierno o la locura (no existe referencia en su Diario a esto, pero es obvio que Alejandra lo admirase, pues ella era una surrealista. Este puente entre “El Bosco” y Alejandra, reitera la actualidad de la lectura que hago hoy de la novela de Montoya: uno en la situación social hoy, otro en la reflexión interior.

(3)      “… hablaban mientras Fraenger preparaba la base de los blancos de Creta o la mezcla de la laca roja con el albayalde.” Pág. 105


 

C. Torres, septiembre de 2026



Comentarios

Entradas populares de este blog

La obra de Umberto Giangrandi, testigo del tiempo que le toca vivir.

El Maestro y Margarita de Bulgákov