El realismo grotesco de Evelio Rosero: “Lluvia de
frailes en la selva”.
Por: Carlos Luis torres
Gutiérrez, escritor.
Acabo de leer la última novela
Evelio Rosero, publicada por Alfaguara hace pocos meses “Lluvia de frailes en
la selva”, a la cual además de haberle dedicado varios días, pues para nada
esta novela hoy es corta, 308 págs. tiene una prosa a veces dificultosa,
barroca, grotesca donde la exageración nos hace titubear, ponernos alerta sobre
lo que tenemos en nuestras manos, además la imagen dejada por su título y su
carátula que se continúan con la primera frase: “Primero llegaron en barco.”,
“Eran mil cuatrocientos noventa y dos frailes que se desperdigaron como sombras
sobre la tierra, esparcieron el bautismo a diestra y siniestra y clavaron en el corazón de cada
aldea la cruz como estaca mortal”. Es inmediato: “… llegaron en barco” y ese
1492 como primera ancla: la llegada de los conquistadores y de la religión a
nuestras tierras. La brutal llegada: “… Estos frailes eran la inteligencia, la
soterrada cabeza de otros miles de barbudos trepados en sus equinos que asaban
indios y los freían, los empalaban y desollaban, los reventaban y crucificaban
en nombre de Dios.”
Evelio Rosero ha dado muestra de
su temple como narrador: cerca de 14 novelas y 2 libros de cuentos entre las
cuales “Plegaria por un papa envenenado” y “La carroza de Bolívar” se cuentan
entre sus respiraciones largas y el sostener la emoción de la historia en
espacios ocultos, o no abordados fácilmente, como ese Bolívar que se desarrolla
en el departamento de Nariño, y aquel pontificado Albino Luciani
en “Plegaria por un Papa envenenado”, colindan con este otro espacio oculto de
la conquista, la brutalidad, el salvajismo, lo barroco, la selva amazónica, lo
perverso, lo velado, el dolor y el sufrimiento, que es esta novela última que
pesa un árbol, un río inmenso y lo grotesco… y sin preámbulos
Dice:
“Después
llegaron en mula.
Después en tren
Después los
trajo el avión-como caídos del cielo.”
Directa manera
de ponernos en el presente de la novela y de la colonización actual, con una
historia fantástica pero atada a la realidad de nuestro país. Pues el mismo 12
de octubre llegaron a las doce de la mañana: “arribó al aeropuerto un avión, y
brotó de su puerta una horda de frailes hambrientos. Eran frailes oscuros como
sus hábitos y corrían ávidos en busca del restaurante. Y se sentaron a la mesa
con impaciencia de niños, y masticaban las cabezas de pollo con todo y sus
picos, lamían las rabadillas, trozaban patas y uñas, pulverizaban costillas,
quebraban pescuezos y los chupaban ruidosos, sorbían los ojos que flotaban en
el caldo y se mamaban los dedos y se frotaban los testículos y eructaban y
pedorreaban y arremetían de nuevo hasta hartarse.”
Hasta aquí la primera página, donde se anuncia la historia, pero la novela produce, con seguridad, varias sensaciones en el lector, de acuerdo a las etapas como avanza: Una, demasiado larga que es el alistamiento, explicación del porqué se realiza la misión y para lo cual, describe con detalle este ejército de frailes y monjes horribles, monstruosos, deformes, defectuosos, extraños, resultado de la creación de ese espacio grotesco, sucio, baboso, que se conforma para salvar a los indios Uao (que recuerda la los Nukak Makú) del exterminio que va practicar el ejercito para que las compañías petroleas extranjeras extraigan los recursos naturales y exterminen a los nativos. Este espacio que se agiganta con la misma euforia de lo grotesco a medida que avanzamos, recuerda la novela de los años 70´s del chileno José Donoso “El obsceno pájaro de la noche” cuando “el Mudito” esconde en “La Rinconada” a decenas de seres monstruosos. Este es un buen ejemplo que se engancha con la idea de la novela de Rosero, la conformación de un mundo donde prevalece la estética de la fealdad que propone en su libro el filósofo alemán Karl Rosenkranz. Este primer segmento de la novela de Evelio comienza con nombrar a los diferentes hombres que conforman los “batallones” de Dominicos, Jesuitas, , Agustinos, Franciscanos, así: Mardoqueo Vanín, Torcuato Sanpedro, Remolino Santángel, Hortensio Golondrino, Augusto Recto, Nilo Grácil, Silio Cisne, Adán Gallo, Zósimo Gracia, Apolonio Law Pompeyo Rojo, Pelayo Sincara y así hasta la extenuación del lector que suda de risa o de cansancio al escuchar los nombres de las monjas, las santas, las devotas, las vírgenes, que junto con los monstruos se suman, cocineros, pilotos, militares, soldados, mercenarios, macheteros y presidiarios dejados en libertad para cumplir esta misión. Y antes de partir a la selva se trepa al helicóptero, al iniciar la segunda etapa de la novela de Rosero, una columna de prostitutas contratadas y comandadas por la maravillosa y lujuriosa Nena Madagascar, para que atendieran a un montón de soldados y mineros al mando del Capitán Agrícola.
Desde este primer momento de la novela Rosero impone eso que Mijaíl Bajtín llamó “realismo grotesco” como una categoría estética que describe la representación del cuerpo humano y de la vida material en su dimensión más excesiva, abierta, desbordante, estrambótica, vinculada al carnaval, a la fealdad y a la cultura popular medieval y renacentista. Por ello, lo primero que surge a nuestro imaginario de lectores es Gargantúa y Pantagruel de Rabelais: Gargantúa nace pidiendo a gritos que le den de beber; Pantagruel, de niño devora a mordiscos la vaca que lo amamantaba. Todo en Rabelais es desmesura: banquetes interminables, humanos que orinan e inauguran ríos, batallas absurdas, listas cómicas que se extienden por páginas enteras (nombres, objetos, insultos), y un lenguaje que mezcla erudición con la mejor grosería de mercado. Por ello la novela “Lluvia de frailes en la selva” se continúa leyendo a pesar del sopor que nos produce porque aquí hay un algo mucho más profundo, la intensión explicita del autor de presentarnos una categoría que no habíamos abordado con la magnitud como lo hace Evelio Rosero en esta novela aunque ya había realizado intentos visibles y referenciados en análisis de sus novelas ”La carroza de Bolívar” y “Los almuerzos”, tal como lo señala Luis Carlos Bermeo en el Diario El país de Cali: “es con “Lluvia de frailes en la selva” que Rosero deja de contenerse y lleva su imaginación al exceso de una verdadera parodia barroca, rompiendo todos los límites de la moralidad y lo políticamente correcto, pero conservando un tono festivo, incluso para describir los actos humanos más degradantes”.
Claro que existen
ejemplos en la literatura colombiana, pero son solo intentos: “Las maracas en
la ópera” de Ramón Illán Bacca donde se produce un enfrentamiento de dos
culturas que se desprende de su título, pero también la carnavalización y la
mixtura de hechos históricos con humor y socarronería. Una carnavalización en
la literatura colombiana, distinto a la de Rosero, más histórico-satírico que
corporal-grotesco, pero de la misma familia bajtiniana. Bacca carnavaliza la Historia
con mayúscula, Rosero carnavaliza masivamente el cuerpo y lo sagrado. Otro
ejemplo que se desprende de mis lecturas es el dela novela de Carlos Perozo,
“El resto es silencio”, donde la desmesura es la ciudad que recibe a Altuve
Plata (nótese la estructura de este nombre con los de Rosero) un presidiario
que termina su condena y se encuentra ante la ciudad Aguacero, ciudad Miseria,
cuidad Desventura y así, casi cien nombres a lo largo de una novela que es
lenguaje, exageración de la realidad, construcción de nuevas palabras, donde en
la primera página un perro se orina en la pierna de Altuve y en capítulo
posterior es el perro quién narra etc (exageración-esperpento
lingüístico-urbano). Pero lo importante ahora es que aquí, en “Lluvia de
frailes en la selva”, la novela es el desarrollo pleno de lo iniciado por
Rosero hace varios años y la razón por la cual continúo su lectura (tomo tinto
y hago ejercicios de estiramiento).
La segunda etapa de
la novela, según mi lectura, es la llegada de los frailes a la selva, en
helicóptero, el lugar específico para cada legión, antecedida por la aventura
del vuelo en medio de monjas, putas emocionadas, retando en una escena
cómico-erótica a estos defectuosos hombres que oraban y se bajaban por
escalerillas desde el aire con sus hábitos y sus miserias y es ahí donde ya no es
posible despegarse del texto y sus 250 páginas restantes pues la aventura, lo
grotesco, la muerte, la suciedad, el sexo, la ausencia de comida, el
ridiculizar la casa apostólica que los envió, la crueldad, la fiereza de los
animales, la naturaleza, el río, la devolución al tiempo y espacio de la
conquista, la lluvia interminable, el miedo, los perros amaestrados, la hermosa
monja Didima Pura y la más maravillosa historia lesbiana entre estas dos
mujeres opuestas pero ambas vírgenes, cada una en su lugar en la vida, hacen
que la novela se columpie a un tercer momento que es ese entronque con la
“Vorágine” de José Eustasio Rivera, que como bien lo ha dicho varias veces el autor, es su obra preferida y
mucho más que “cien años de soledad”.
Perdidos unos,
muertos los otros, hambrientas, sin indios Uao para evangelizar y salvar, se
produce el desenlace de los sobrevivientes convertidos unos en piratas y
esclavizadores, otros en santos y jesucristos encarnados como el caso de
Maldoqueo que hace ver a los ciegos, pues un domingo sanó al sordo, al
paralítico y a la virgen con dolor de alma. “Ocurrió después de sermón de la
piedra -que así fue llamado su primer sermón-: lo rodearon los fieles por todas
partes y una mujer se acercó a sus espaldas y, sin que él la viera, rozó su
hombro. Entonces él le preguntó: ¿Quién me ha tocado? Y la mujer cayó a sus
pies y rogó por su hija que acababa de morir. Fue a la casa donde velaban a la
muerta y la tomó de una mano y le dijo: “Lázara, levántate y anda”. Y ella se
levantó y andó”. (copiado textualmente de la pág. 301)
Casi al final de la
novela se lee: “En la palestra pública, Mardoqueo Vanín enseñó por fin al mundo
su cabeza de tamaño descomunal, sus ojos como globos, la lengua roja apuntando
a todos como si los enredara por las gargantas y se los tragara, los huecos de
su nariz como extraordinarias sepulturas, su robusta nuca, tallada en piedra,
que ostentaba en su cima seis o diez escamas de serpiente, su joroba, los seis
dedos que tenía en cada uno de sus pies, los pelos como cerdas de puerco
alrededor de los tobillos, su cola de pez en el borde superior de las nalgas,
su frente donde ondeaban dos diminutos cuernos, y dijo: Soy el señalado. Él me
señaló”
Que más se requiere
para confirmar eso que resalto: una novela en el absoluto esplendor del
realismo-grotesco, sitio para lectores que gozan el lenguaje en un espacio
estético distinto al acostumbrado, pues lo barroco y carnavalesco se mezcla en
su dimensión más excesiva, abierta, desbordante, estrambótica, con la fealdad,
la historia y la cultura popular oculta. Rabelais sonreiría al leerla pues
alguien entendió la forma de su risa para describir el mundo: un grotesco
consumado para el cuerpo y lo sagrado.
(C. Torres,
julio 12 de 2026)
Publicado en: https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/evelio-rosero-y-el-realismo-grotesco-en-lluvia-de-frailes-en-la-selva/
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