… ante el hallazgo de los huesos del Padre Camilo Torres Restrepo.
Su muerte en combate en febrero
15 de 1966 a pocos meses de haberse unido a las filas del Ejercito de
Liberación Nacional, marcó un momento histórico para la lucha guerrillera comprometida
con ideales de justicia e igualdad social a través de una estrategia que para
ese momento se consolidaba como la alternativa válida en América Latina, cual
era la lucha armada y la táctica dictada desde las montañas cubanas por Ernesto
Che Guevara sobre que: un pequeño grupo de combatientes, bien organizados y
armados, podía iniciar un movimiento revolucionario en cualquier país.
La muerte de Camilo, su fotografía
en los diarios, su desaparición tan temprana en la búsqueda de un arma dijeron,
librando un combate sin mucha preparación estratégica, marcó un hecho doloroso
que impactó a muchos de los seguidores del Padre que se habían alineado con él
a partir de largas jornadas de predica en plazas de ciudades y pueblos, y desde
el púlpito, en misas en iglesias improvisadas y en la capilla del “Cristo
maestro” de la Universidad Nacional de Colombia, donde era capellán y seguido
por las juventudes universitarias que recibían sus enseñanzas, aprendidas y
meditadas durante su vida de seminarista, sacerdote (1954) y Sociólogo en 1958
en la Universidad Católica de Lovaina.
Unir el marxismo con la religión católica
no fue una idea ligera, fue elaborada sobre lecturas de teóricos, largas
conversaciones en las mesas estudiantiles de Lovaina (su tesis doctoral, “Una
aproximación estadística a la realidad socioeconómica de Bogotá”) y luego
confrontadas con su participación en la organización de las Juntas de Acción
Comunal y su trabajo en el Instituto de la Reforma Agraria (Incora) como
miembro de su Comité Técnico, lo decidieron a emprender la lucha armada como la
única salida para la toma del poder en Colombia.
Su muerte en 1966 lo convierte en
un héroe, en un mártir, en un misterio, en un polémico tópico para los
movimientos revolucionarios de aquella época. Varios textos se han escrito
sobre Camilo, canciones en su homenaje sonaron y suenan en el mundo cuando se
habla del cambio social en Latinoamérica. La biografía escrita por Orlando Fals
Borda “Camilo Torres: el sacerdote guerrillero”; la biografía novelada de
Walter J. Broderick “Camilo el cura guerrillero”; el análisis que realiza Olga
de Caycedo “Camilo Torres o la crisis de madures de América” hasta el nefasto
libro escrito por Álvaro Valencia Tovar (acusado de ser uno de los responsables
de su muerte), forman parte de la publicaciones múltiples, además de la edición
de sus “ ensayos apasionados” así titulado por Francisco Jaramillo, por
ejemplo.
El hallazgo de sus huesos, la confirmación que efectivamente corresponden a los restos del sacerdote Camilo Torres Restrepo, han hecho resurgir a los 60 años de su muerte, un volver a pensar y a decir su vida y su ideal de justicia e igualdad social. La pregunta importante por hacernos en este momento, por lo ya dicho, es: ¿cómo debemos los colombianos resignificar la imagen de Camilo? Este héroe, como otros que ha tenido este país, comenzando por Bolívar muerto en Santa Marta, posteriormente Luis Carlos Galán asesinado en Soacha, por ejemplo, debe hacernos pensar de qué manera podemos reconceptualizar a Camilo Torres muerto en combate en Patio Cemento. Requiere este último, de un proceso de resignificación de la imagen, de recuperación de sus enseñanzas sociales, un proceso asertivo, actualizado a la nueva realidad de Colombia 60 años después. Aspecto que no hemos empezado a realizar y requiere no únicamente sentimiento, sino una transvaloración a un presente de un país que desea la justicia y la igualdad social.
* * *
El pasado 25 de febrero de 2026, en la capilla Cristo Maestro de la Universidad Nacional, donde Camilo Torres Restrepo fue el capellán y donde hoy descansan sus huesos, se convocó un evento de lectura poética “Poesía sin fronteras” coordinado por Lilia Gutiérrez Rivero y al cual fui invitado junto a la(o)s poetas: Luz Mary Giraldo, Patricia Ariza, Carlos Satizábal, Iván Beltrán, Carlos Alberto Merchán, Alejandro Cortés y Carlos Luis Torres.
Este
evento fue importante para mí, no solo por los inigualables amigos poetas
invitados, sino que me permitieron contar, tal como dije al comenzar a hablar,
que: "... conocí a Camilo Torres Restrepo cuando yo tenía 10 años, mi
padre era su conductor en un taxi color rojo en la pequeña ciudad de
Bucaramanga, cuando Camilo arribaba por aquella época. Desayunaba en casa con
otros amigos y madre servía el "caldo con huevo", típico de
Santander, allí conocí a Camilo... dije también, haberle preguntado el domingo
pasado a madre, hoy con 96 años, si lo recordaba y ella dijo apenas un:
"sí, a Camilo sí"...
También
lo dije de lado, que esta experiencia de infancia de ver a Camilo Torres
Restrepo, lo registré en una novela mía "Entre la espera y en miedo"
publicada por SIC Editorial en el año 2004 y cuyo segmento copio aquí, porque
este, creo, contribuye hoy a la recuperación de su memoria y refuerza la
necesidad de ese proceso de resignificación que he mencionado, va:
Una mañana mamá servía ese “caldo” característico de la comida típica a los amigos invitados de mi padre. Yo era muy chico, tanto así que cabía por debajo de la mesa y desde allí contaba las piernas de los hombres sentados y los chicles pegados bajo la tabla, cuando vi una mano que cuidadosamente le entregaba un arma a uno de ellos. Al lado de la cabecera de la mesa estaba Camilo y junto a él Iván Calderón, un muchacho bajo, delgado, moreno, muy silencioso que también murió en combate. Años después, yo grité en la calle ese ¡Iván Calderón! ¡Presente!” y recordé aquel día a mi padre llorando sobre la mesa y nosotros no entendíamos por qué él lloraba en una mañana de martes.
Por aquella época el aeropuerto de la ciudad estaba dentro de ella. Hoy como en todas las ciudades del mundo queda a varios kilómetros. Recuerdo que mi padre me trepó sobre sus hombros para que yo viese por encima de las cabezas que esperaban el vuelo del medio día. Me indicó con su brazo, ese es Camilo Torres. Aún no he podido olvidar aquel nombre, ni aquel rostro, ni aquella mano, que recorrió de joven las callejuelas, los inquilinatos, las escuelas, el pavimento húmedo y gris de esta ciudad desdentada y sin borde, donde el principio y el final sólo existen como una lágrima.
Treinta y seis años después todo sigue igual. El habitante urbano secó con el dorso de la mano su mejilla y abrió la ventana: llueve, llueve sobre los tejados y a lo lejos los autos se deslizan húmedos y los árboles gotean y los hombres, bajo sus paraguas, saltan los charcos de las calles y las bocinas suenan sordas mientras los vendedores de periódicos de los semáforos gritan el diario de hoy viernes 15 de febrero, donde no se hace mención alguna a esa muerte." ("Entre la espera y el miedo", SIC Editores, Bucaramanga, 2004)
Bogotá febrero de 2026

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