53 años de la muerte de Alejandra Pizarnik

 




 

Hoy 25 de septiembre hace 53 años, muere la poeta argentina Alejandra Pizarnik tras ingerir una dosis excesiva de seconal. Fue ese fin de semana cuando se escapó del sanatorio donde la habían recluido, en 1972 lunes, comienzo de primavera en Buenos Aires.

Todos los años la recordamos con gran admiración, por ser ella una de las poetas más profundas, inquietantes, de ruptura, en la segunda mitad de siglo XX, quién puso el verso como a su propia vida al borde del abismo, y columpió la imagen, hizo que esta se mordiera así misma, dio un toque surrealista y una vuelta más a la tuerca para dejar al lector en ese lugar inesperado que la hace única, juvenil, actual, perturbadora.  

Toda su vida fue la búsqueda inquietante de una nueva forma de expresión. Los críticos han señalado que su mejor momento poético fue su estancia en París y el libro “Árbol de Diana”, pero creo que la época más intensa fueron sus últimos años en la exploración de una forma nueva de su escritura poética.

Podríamos pensar que los últimos años siguió la ruta literaria de Levis Carroll: Cruzó el espejo. Los textos finales de Alejandra fueron escritos desde un lugar más allá, donde las asociaciones, en algunos casos, las hizo por sonoridad, uniendo dos vocablos, burlándose de los personajes y del lector, trayendo textos de sus poetas preferidos sin darle ningún crédito. Alejandra no era una mujer racional, era lo contrario: hacía con su cuerpo el poema. Desde su situación personal un tanto inestable de sus últimos años, donde operaba cierto descontrol, escribe. Había cruzado una frontera que es la superficie del espejo y desde allí miraba el mundo y lo describe. La lectura de “La bucanera de Pernambuco o Hilda polígrafa”, es, desde su título, una lectura difícil, nos obliga a descifrar una escritura que posee una clave, no es el texto de una desquiciada, como lo pensaría inicialmente un lector desprevenido. Ella nos invita a mirar el mundo desde el otro lado.

“La bucanera de Pernambuco o Hilda polígrafa”, es el punto más alto en la segunda etapa literaria de Pizarnik. Es un intento donde elementos disimiles se juntan, es una fractura donde no se ven las partes sino las partículas de la herida atomizada, Nada es al azar. Es sonoridad, conocimiento, ocurrencia, humor, juego, dislocación, atrevimiento, búsqueda, necesidad de expresarse sabiéndose en el otro lado del espejo. Es todo eso y un poco de su fractura, de su “tambaleo” por caminar largos trechos sobre la cuerda floja, lo que la llevó a tomar la decisión de, en verdad, caer.

Por ello invito a recordarla, a leerla, a repensar sus escritos y leer sus últimos textos. Otro más por ella. Salud.

(Carlos Luis Torres G., 25 de septiembre de 2025)


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