Rafael Dussan, una grafía con pasado y sombras interrumpidas.
Por: Carlos Luis Torres, escritor
Octubre 4 de 2025
Una colección antológica nos
lleva, sin darnos cuenta, a través de casi dos décadas de trabajo de Rafael
Dussan, un artista-dibujante que expone en la Galería del Club el Nogal, en
Bogotá hasta el 16 de octubre. Un tenue hilo conductor cuidadosamente tendido
por su curadora María del Pilar Rodríguez, nos hace ir por entre la sutil desnudez
de la figura femenina, la naturaleza, las lejanas multitudes que apenas
enmarcan el drama que transcurre en la obra, el ocre que permite que un lápiz
carboncillo rasgue un malva para adormecer un dolor continuo que se traslapa por
entre los diferentes reinos de la naturaleza.
Rafael Dussan, decidió hace más
de 30 años dedicar su vida al dibujo, abandonó esas otras cosas impuestas, se
rodeó de luz pues hace años que encontró el brillo adecuado en Cartagena, que
alterna de manera muy fugaz con la capital, pues en aquella las murallas, las
cúpulas de las iglesias, el complejo azul que se trasmuta en el horizonte o la
maraña de manglares le son suficientes para el soporte dramático que posee la
movilidad difusa de sus figuras humanas, desnudas, expuestas a su propia
sombra, propiciatoria de una historia imposible de narrar o al menos relatada con
una grafía propia que se lee con facilidad pero que deja heridas profundas al
razonar sobre ese interior desnudo, expuesto al mundo.
Al penetrar en la sala del piso noveno
del Nogal me tropecé con una enorme tela en técnica mixta que delinea una mujer
morena desnuda, de lado, al viento y sobre un espacio árido su cabello atado,
se desgaja. Sus brazos y sus manos no han sido totalmente dibujados, se sugiere
su postura en uno, o el movimiento impide detallar el otro, pero este dibujo
perfila uno de los rasgos de la obra de Dussan: lo inconcluso, la explícita
intensión de sugerencia o su deseo de no decirlo todo porque es exceso. Sin embargo,
qué explícita es la desnudez de esta mujer, su boca abierta, sus ojos mirando
al frente y sus dedos largos se mezclan con el viento sobrecogiéndonos y dando
desde la puerta, el tono a este próximo desandar por las dos salas.
Continúan sombras de hombres y
mujeres con ropajes que sugieren un misterio cubierto, un perverso culto o la
escueta desnudez esclava bajo el azote de un gran martillo invisible: se
percibe un grito interior en un mundo donde el placer es inexistente. Esta
línea que pasa por raíces de manglares anudadas sobre figuras humanas, manchas
sepias, ruinas griegas, cúpulas de iglesias caribeñas, peces y papagayos, se
desliza casi al suelo para mostrar la antesala a una escena de masacre en
palestina, pues el uso de la tinta china y acrílicos ayuda al paisaje y la
imposición sobre la multitud.
Un punto en la mitad de la
colección es el 2013, con casi un autorretrato (210 x 90 cm, mixta sobre tela)
recostado contra una mujer, salpicados ellos por seres alados, en un color ocre
suave que conduce a la pared, (tono escogido con sigilo, desafiando la lógica
del requerir resaltar): momento de equilibrio, del saber que es posible, de
alegría interior, por ello lo inconcluso se vuelve aquí explícito.
Imposible pasar inadvertido dos
ensambles, uno sobre dos segmentos de raíz de mangle pulido por las olas y la
arena, por el tiempo y su ir y venir incalculable, le sirve de soporte a Rafael
Dussan para dibujar y diluir color sobre el mismo tema de rostros y multitudes,
o el cuerpo de una mujer que se trasmuta en tronco duro y natural. El artista
aquí dice ensamble que no es más que mostrar el engranaje del hombre con su
deteriorado entorno, y lo hace sin dolor, sin fatiga, sin querer hacerlo. El
segundo ensamble es sobre madera, también encontrada en la playa que sirve para
configurar un barco donde, sobre su velamen, se dibuja la multitud errante que
arrastra su dolor y sus miserias desnudas, sobre una playa mutilada, “Lejos de
Roma”.
Me queda decir que “trazos de
antología”, el nombre de la exposición (2001-2024) de Rafael Dussan muestra su
huella digital como su identificador de dibujante, que columpia entre lo
clásico y una extraña robustez contemporánea; que deja un rastro de meditación
al permitirse el constante desvanecimiento, lo inconcluso, la sugerencia a un
intangible que se deshace al querer palparlo con los ojos. Me resta decir, que
el equilibrio no es aquí lo único notable, porque lo importante es que su obra
abre un espacio que cuesta definir por su volatilidad o por nuestra incapacidad
de diálogo.
Me alejo un poco, cruzo una
puerta lateral de la sala, miro a la distancia, enmarco la exposición con los
dinteles de la amplia puerta de madera y me detengo en los ensambles que flotan
sobre los dibujos de las paredes: todo encaja, es una gigante obra la que
observo, la unidad de color, de desnudez, de sombra, la inmensidad de lo oculto
y de los gritos que imagino cuando una mancha roja cruza a través de este
desvanecido ambiente construido con cuidado.
Dussan se destaca hoy como
dibujante por haber trazado en estos últimos 25 años una línea que une aspectos
de los antiguos dibujantes mediterráneo-renacentistas con ese aliento de luz,
color y sequedad que le proporciona un “caribe tapados los oídos” (los años
vividos en Europa 1993-1995, 2001 y 2011 marcaron profundamente su trabajo).
Eso le da un aire único y contemporáneo por decirlo de forma sencilla… para
permitir mirarlo.
Rafael Dussan es bogotano
y con estudios en artes visuales, especialmente en el dibujo, que realizó en la
capital, en París y en Milán. Entre sus exposiciones, se resalta: Colecciones
privadas en Colombia, Panamá, Estados Unidos, Guatemala, Alemania, Francia,
Italia, Bélgica, Austria y España. Su trabajo es parte de la colección del
Museo de Arte Moderno de Cartagena de Indias en Colombia y del Museo del Erotismo
en parís, Francia.
Realizó las ilustraciones de “La
historia del ojo” de George Batalle, para la colección e ilustración del libro
por encargo de Hans Doepp en Hamburgo, Alemania.
Etiquetas: Pintores colombianos, Club El Nogal, Rafael Dussan, Marcela Sánchez.
Comentarios
Publicar un comentario