Fue en Barranca.
Por Carlos Luis Torres Gutiérrez
Fue en noviembre del 2021 que se publicó “Todo pasó en abril”, una colección de relatos del amigo Mario Torres Duarte. Pero fue en febrero del 2025 que llegó a mis manos desde el escritorio de un paisano común, pero sólo hoy, al cumplirse cuatro años de su publicación, realizo su lectura e inmediatamente la segunda. Hay algo en esta colección de relatos que la hace atractiva, que invita a mirarla de nuevo y eso es lo que deseo comentar.
Su portada no pasa inadvertida, una fotografía familiar(1) de época, pegada en diagonal sobre un sepia mitad papel o muro, obligan a voltear el libro y reconocer que se trata de uno bien cuidado, además de bien escrito, es ilustrado. También el autor adosa su biografía, que se recorre anunciando el ritmo interior del texto con la fotografía del escritor realizada por Marcela Sánchez que pone énfasis en la mirada del narrador que habla en los textos. (Publicado por RenaCentro, colección “Código Casabe”, 2021)
Varios de los relatos son notas sobre un pasado infantil en Barrancabermeja, a orillas de un río, en tierra candente, entre la abuela, ahora sus recuerdos, la madre y el padre… muertos, sus hermanos y un presente desde la capital del frío en un espacio donde se construye un universo que sobrepasa el umbral de la realidad y se adentra en una zona fantástica, donde conviven con él unos seres que conforman un universo casi verosímil: una araña venenosa de diversos colores, Khon un gato anciano, Lucinda un ánima que cumple 3.001 años y otros que se mueven y participan de su vida ambivalente, nostálgica, jocosa, irónica, letrada, casi vida.
Esa característica es constante en los relatos: un espacio construido con dosis de una realidad imprecisa pero verosímil y un elemento fantástico se acomodan para resolver suspensos, soledades, abordar muertes o la simple cotidianidad de la vida en un puerto petrolero a orillas de un río turbio que hace posible la poesía si se funde, como lo hace Mario Torres, al puntualizar que no es un fantasma, ni un espíritu, es un ánima, quién lo acompaña: Lucinda, esa misma que fue amante de Homero y de Jesús… disímiles personajes.
Aparentemente son relatos sueltos, pero poco a poco su lectura hace que reconozcamos que uno es antecesor del otro, pues Lucinda lo ha acompañado de visita al cementerio donde reposan los 17 amigos de infancia que han sido asesinados y que se detallan páginas después, cuando siendo este un hombre mayor, se sienta sobre un sardinel del puerto a “contar” los cadáveres de una violencia que no tienen fin en este pueblo candente y oloroso a petróleo azufrado.
Sí, pero hay una prosa poética que se entrecruza varias veces en los escenarios cotidianos ahora fantásticos. Pongo este ejemplo de sus primeras páginas:
“(la madre toca un clavicordio antiguo) … Para la última nota, mi padre llega, se dan un beso, ella se para y le dice en latín “sin memoria no hay tiempo” él la abraza y luego le toma la mano izquierda. Un olor a rosas dulces inunda el ambiente y mi padre empieza a trascender. Caminan unos cuatro pasos hacia un espejo, levitan, entran, se difuminan y se van hasta Abril, donde vuelven a nacer.”
Otros cuentos se apartan un poco de la línea descrita y se convierten en notas que refuerzan el calor del pueblo aquel, y con la invención de situaciones, nombres de personajes que realizan labores casi verosímiles o la transposición de espacios como laberinto imposible, contribuyen a que el libro posea una identidad textual que caracteriza al autor: mordaz, irónico, un tanto caminando por la orilla opuesta para poder ver en contravía los personajes de su pasado mezclados con el presente.
Relatos crudos como “Nunca cantes en español” donde reaparece ese tal Boris, sepulturero municipal, personaje de típica marginalidad, quién debe enterrar a su amigo Dany, un rockero que es asesinado por cantar en español contra los paramilitares, responsables de 5.000 muertes en el puerto. Y he ahí que también desaparece-cae Boris, quién es luego buscado por su hermano mayor… “durante ocho meses por pueblos, río abajo, hasta que mandaron decir que dejara de hacerlo porque sino iba a tener la misma suerte del desaparecido”. Por esa razón el relato finaliza con ese poema-canción “Por qué sangran las mariposas” cuyo texto del autor Mario Torres, es la oportunidad para que un amigo brasilero, Marcelo Santana, realice una fusión musical que se encuentra en YouTube, dándole una extensión, aunque marginal, a un texto poético que desde su título protesta contra la violencia anónima que cruza las vidas de muchos en ese pueblo candente.
En otros cuentos, utiliza su estilo breve y burlón para reírse de sí mismo: “En busca del arroz perdido”, “Caja de herramientas”, “Concurso de relatos breves” que hacen pensar que valió la pena haber leído este libro de Mario Torres Duarte, ahora que lo encontré entre montones de libros, a la espera de algo y que la tarde ayer, monstruosamente fría, me obligó a deambular para brindarme una bella sorpresa.
Hablé por teléfono hoy con Mario, quien me dice: “mano, ese libro no se encuentra en librerías, pero tengo algunos ejemplares que puedo enviar por correo, antes que no quede ninguno, pero saldrá una segunda edición, espero” WhatsApp 3123169776, $35.000 y el transporte).
(1) Fotografía tomada en Casabe (campamento petrolero, hoy no existente): Madre, padre, abuela y un tío. 1950.
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